jueves, 3 de enero de 2008

Ensayo crítico a la novela De bestiis

“De bestiis”, acercamientos a la narrativa de Manuel Marín Oconitrillo.


Miguel Fajardo Corea. Revista Anexión, Año 15, № 169. Junio-Julio 2007.


La presencia literaria de Manuel Marín Oconitrillo (Guanacaste, Costa Rica, 1970) inicia con su cuentario “Cerrando el círculo”, publicado por la Biblioteca Líneas Grises, en 1992, con nota en la contracubierta de Laureano Albán; hoy, Premio Magón de Costa Rica.
Ahora, suma dos nuevas obras al cuerpo narrativo costarricense: “Confabulaciones”, antología narrativa doble, que incluye “Cerrando círculo”, versión corregida y “Fábula de los oráculos”, así como su intensa novela “De bestiis”. Las tres obras han sido editadas por Lulú.com
Manuel Marín Oconitrillo es un notable artista guanacasteco. Nació en Cañas y tiene un respetable perfil de proyección internacional. Reside en Alemania, desde donde trabaja como tenor. Su repertorio incluye conciertos y oratorios. Maneja diversos contratos operísticos y ha realizado grabaciones; igualmente, ha participado en festivales y concursos en diversas partes del mundo. Esta faceta artística de Manuel debe ser mayormente difundida en nuestro país, reacio a la difusión cultural de calidad.
Marín, Manuel “De bestiis” (Lulú.com 2007:142), contiene portada del argentino Guillermo Malfitami. La novela se encuentra dividida en tres partes y diecinueve capítulos. Esta obra nos introduce en el mundo narrativo del género policial, novedoso tratamiento que irrumpe en la literatura guanacasteca. En dicho género literario converge la historia del crimen que no se expone y la historia de la encuesta, que da inicio con el crimen y se apropia de la narración. Es decir, el interés de este género se orienta a descubrir el cómo. Asimismo, posee un carácter cerrado, la presencia de dos historias, un espacio con límites y su índole intelectual. Sus enigmas pueden ser de identidad (quién); modus (cómo); locus (dónde) o motivación (por qué).
El relato policial se orienta a lo esquemático. Existe un problema y el protagonista le debe dar solución. Este relato se llena de misterio, con nombres desdoblados, con enigmas aparentemente incomprensibles e inexplicables y cuya solución implica descubrimientos, identidades, hechos, métodos, móviles.
La novela es una especie de “dossier” (archivo), donde menciona, desde el punto de hablada del protagónico capitán de policía, Alexander Suárez y el espacio topológico “La casa del paraíso”, toda una serie de hechos y situaciones límite que nos van atrapando conforme avanza el magisterio narrativo.
La novela deja leer los rasgos caracterizadores de la narración en suspenso, donde es clave la segunda parte discursiva, un diario de Wolfgang Ungeheuer. El sistema recolectivo expuesto por Robert Mainz, el traductor, es una pista categórica. Para él, dicho diario es “Abominable (…) absolutamente enfermizo” (p. 10).
La obra de Manuel Marín juega con el tiempo y sus fantasmas, con sus marcas deícticas, donde los racontos, la memoria y las proyecciones establecen la fuerza dicotómica espejo/imagen de la juventud, igual sucede con ilusión/deseo. Hay referencias a dos décadas, seis meses, ahora, hoy, ayer, mañana. Asimismo, a códigos indiciales como la fortuna, los desdoblamientos, las transfiguraciones, las licantropías, lasa bestias y diversas estrategias que operan como ejes procesuales de la narración indagatoria.
La novela accede al recordar selectivo como una licencia discursiva desde donde aborda los nudos del misterio, el sueño, los ocultamientos. Incorpora, por lo demás, fechacientes marcas geográficas de diferentes espacios geográficos de la aldea global. La incursión se expande como un registro de hechos históricos y su inherente galería de nombres y personajes como Alberto de Prusia o Agnes Catalina.
El texto del narrador costarricense fija un registro nominal extensivo, a saber: Marielos, Lorenza, Jairo, Tobías, Rosa María, Carmen, Clara, Léhar, Margot, Lilita, Maurizio Maglioni, Frau, Dimitri, Madden o Rebeca, entre otros. Cada uno de esos nombres encara una historia particular dentro del corpus narrativo que, perfectamente, aceptaría la estrategia discursiva de su recomposición.
De bestiis, de Manuel Marín, escarcea en relación con la tríada deseo/poder/vida y señala líneas discursivas rotundas: “el poder de ser, de vivir más que existir (…) El deseo es el poder puro” (p.40).
La novela en comentario configura ejes bisémicos: yo/otro, en un proceso de búsqueda identitataria “al mirarme al espejo, mi reflejo estaba ausente, era otro quien ocupaba mi sitio” (p.44).
El simbolismo del aniquilamiento anticipa desenlaces “es posible que durante la vida miremos reiteradamente el brillo de la hoz que segará nuestra permanencia sobre la tierra” (p.46). En el orbe onírico es dable la marca de las anticipaciones actanciales.
La novela de Manuel Marín se aproxima al tratamiento de significación intertextual que aborda el verosímil fantástico de la novela “El perfume” (1949), de Patrick Suskind. El narrador guanacasteco endiña:” un único vestido de seda, aquel aroma, aquella reminiscencia de flores” (p.47). En la novela de Suskind, un ser humano sin olor desafía, altera su propia realidad. Incorpora, además, alguna marca fetichista. Sin duda, millones de seres asumen esos comportamientos humanos dentro de sus prácticas culturales.
El título de la novela aborda el tópico del bestiario. A Hugo San Víctor se le atribuye el tratado medieval “De bestiis et aliis rebus”. Algunos tratadistas propugnan que la contemplación y el conocimiento de la naturaleza humana es un medio de reconocimiento a Dios, ya que, como Creador del Universo, deja su huella en él. Para otros es visto como un tratado más específico acerca del simbolismo atribuido a ciertos animales, en el cual, cada elemento de la Creación, encarnaba determinado vicio o virtud. El pintor mexicano Alejandro Rodríguez León (1961) denomina uno de sus famosos cuadros con igual nombre que el tratado de Hugo San Víctor.
Sobre esa base, hay aperturas sobre dichos nudos de significación, los cuales adquieren connotaciones de amplio espectro semántico, toda vez que la literatura actual sostiene registros de discurso plurisignificativo.
En la novela “De bestiis”, se hace alusión a la cacería de mantícoras. A propósito de esa bestia, originaria de la India, es descrita de diversas maneras, como que tiene una triple fila de dientes, los cuales alternan entre sí: rostro de hombre, con ojos relucientes e inyectados en sangre, cuerpo de león; la cola, como el dardo de un escorpión, y una voz chillona, tan sibilante que evoca las notas de una flauta. Es ávida de carne humana. Sus patas son tan fuertes, sus saltos tan potentes, que ni el espacio más extenso, ni el obstáculo más elevado puede detenerla (Cambridge, 51-52).
Para otros, la mantícora tiene ojos de cabra y cuerpo de león, cola de escorpión y voz de serpiente que, mediante su dulce canto, atrae a las gentes y las devora (Image, 113).
Su cola es como la de un escorpión salvaje, con un aguijón y hiere con púas duras, como un puerco espín. Plinio dice que tiene la voz sonora como la voz humana y si éste toca la flauta y la trompa, parece que la voz de esta fiera se armoniza con la trompa, con su ritmo y melodía (Trevisa II, 1099-1100. XVIII: 1).
Dicha bestia hiere a sus perseguidores, vengan por delante o por detrás, y cuando ha disparado sus púas, otras nuevas nacen en su lugar, derrotando así a todos los cazadores (Tonsell I, 343-345).
Cornelio Léhar le regala al protagonista el Nuzhat-l-qu-lub, un libro clave donde se le daba vida a lo inanimado, en el cual “las criaturas de la biblioteca recobraban la vida” (p.50). “Para entonces, Clara, mi dulce Clara, era un espectro bulímico que deambulaba (…) y entre gemidos guturales parecía comunicarse con las bestias” (p. 49).
La decisiva presencia de Margarita Steinhaus, matrona excéntrica de doble voz, como niña y anciana, pues sonaba en las conversaciones cotidianas como si estuviese en el fondo de una caverna.
Hay numerosas referencias a la bestia interior, la cual se llena de mapas semánticos lujuriosos y depredadores. Se habla de la fauna humana y se contrapone una tesis: “para los que huyen, sólo hay dos caminos hacia la libertad: la locura o la muerte” (p. 50). “Todos azules”, se dijo, viendo lo que parecía un pequeño mundo de gnomos, criaturas extrañas, bestias malignas luchando entre sí en el particular ritual de sus pequeñas vidas” (p.97).
El último adjetivo del siguiente párrafo establece una referencialidad con el proceso conductual de animalización, que se ha seguido desde las sociedades primitivas hasta el siglo XXI, en una faceta de ironización, pero no exenta de realidades y prácticas culturales: “cuando la veo siento que me deshago, que hiervo en un frenético deseos de poseerla, de hundirme en ella, de hacer que grite, que luche de pánico y caiga exhausto, sudorosa, Liviana, mansa” (pp.70-71).
El texto muestra una suplantación de la imagen humana: “Había una criatura inverosímil. Su cuerpo en general era humano (…) Sus piernas terminaban en dos cabezas en vez de pies. Una de ellas tenía poco y era muy similar a la de una extraña ave de plumas doradas. La otra, era una cabeza de siervo, de pelaje azul y ojos amarillos. ¡Esa era la criatura que ahora había suplantado mi propia imagen! (pp. 60-61). Es decir, se presenta la suplantación de la imagen humana. Ese tipo de narración es ruptura total en la joven narrativa guanacasteca. Para mí: Hugo Rivas (+), Otto Apuy, Ulises Jiménez, Santiago Porras y Manuel Marín establecen cortes verticales en el quehacer narrativo guanacasteco del último cuarto de siglo. Habrá que agregar otros nombres, que aún vienen con fuerza expansiva, en busca de su espacio expresivo.
La figura de Lao-Tse-Tang, conocido como Lai Tang es misteriosa: “una criatura de la oscuridad, inmune a la luz”. El secreto del vigor y de su longevidad es la raíz milenaria denominada ginseng, que “Puede levantar a un moribundo de la cama y reanimarlo en pocos días” (p.74). La pluralidad de personajes planos ayudan a configurar una especie de fresco actancial, con nombres extraños, de diversas procedencias, por ello, se ofrece una galería geográfica, que permite visualizar otros espacios y ventanas culturales, como parte de la aldea global en la que nos encontramos inmersos.
“De bestiis” se incorpora a nuestra narrativa como una obra holista, desde donde se propugna el esbozo de trazos discursivos y se formula ciertas tesis, entre ellas “la libertad que sólo tiene quien no juzga, quien no condena guiado por prejuicios y colocándose delante de ellos, es capaz de ver la totalidad unificada verdaderamente” (p.75).
En esta pieza narrativa costarricense, Wolfgang es, para el capitán Alexander Suárez, “el mayor enigma de su vida” (p.81), “una especie de bestia que parecía perseguirlo” (p.83). Alexander Suárez asume, además, el nombre de Augusto Lépiz, identidad a la cual debe amoldarse, porque dicho apelativo ahonda su desarraigo y suspenso “Después de todo, ¿no soy Augusto Lépiz, una sombra en el mundo de los vivos? (p.90). Ese acento expresivo es el no ser, una lucha identitataria entre el ser y el reconocer.
La novela mantiene el suspenso, la incertidumbre, la inquietud del reconocimiento, de la sospecha, la duda, la confirmación “Porque, quién sabe en verdad, el pasado de alguien, la oscuridad de sus hechos” (p.97).
La figura de Clea simboliza la de los seres autoenclaustrados, extraños en su propio mundo “Unos meses después la encontraron muerta, envenenada con insecticida” (p.100). “La verdad es que estamos podridos. ¡Todo hiede a mortandad, caminamos sobre lo apestoso” (p.101) y ese enunciado nos aproxima al intertexto shakesperiano. Seguidamente establece una seriación animal “¿Era el lobo, muchacho? No sé por qué tengo la idea de que era el león… Y la oveja, esa sí, con seguridad no era la cabra” (p. 101).
Marín Oconitrillo establece una coyuntura, una apuesta a favor del factor humanidad “Pero ahora…piensen qué quiere decir tibio, fronterizo, pero no simplemente intermedio, sino un estado real, neutro” (p. 119). Se infiere, entonces, que es posible la neutralidad dentro del quehacer humano. Dicho estado signa, según el narrador, “la verdadera naturaleza perfecta” (p. 120), toda vez que no habría prejuicios y únicamente nos preocuparíamos por la sobrevivencia.
Se enfatiza que “Un estado semejante representa el mayor poder sobre uno mismo, acaso lo único que se nos ha dado” (p.121). Por ello, el valor de lo neutro opera como una alternativa de vida o convivencia en la especie: ¿Habría que verlo, entonces?
La trama de esta novela oscila entre el enigma del sufrimiento y la verdad; entre el misterio y las tesis discursivas “Wolfgang vino a mí de entre las ánimas y me dijo “fue allí que empezó el sufrimiento, el peor tormento de mi vida, lo más horrible; y ya no había retorno” (p.123).
Las transfiguraciones y licantropías enuncian un nuevo registro en el arte de narrar desde Guanacaste, a partir del corte vertical con las aportaciones de Manuel Marín Oconitrillo “el viejo se transfiguró en un hombre más joven y vigoroso y de nuevo, ya más cerca, lo que vio fue una mujer, morena, vestida con túnica y turbante, de ojos como rubíes. Más luego (…) la mujer se detuvo transfigurándose en una serpiente (…) el ciego quiso matarla estripándole la cabezas, pero al pisarla, bajo su pie solo había arena” (p.130).
El tópico del otro en mí aparece en la culpable figura de Alexander, quien “repitió, forzando su imaginación y su memoria para hacer surgir de entre las sombras el rostro de Wolfgang, tal como si fuere el suyo” (p.140).
El final de la novela resulta otro enigma “¡Augusto! –exclamó ella, pero a Alexander aquello no le evocaba nada. Acto seguido hizo fuego. Luego caminó hacia la ventana fascinado por el vacío del cielo que ahora era más alucinante, más profundamente poseído por la quietud y la noche.
En síntesis, “De bestiis”, novela de edición europea de Manuel Marín Oconitrillo, el escritor guanacasteco, oriundo de Cañas, significa un grato hallazgo entre mis lecturas anuales. Como afirma Mauricio Vargas Ortega, en el prólogo al cuentario “Cerrando el círculo”: “ Sé que una fiera en alguna esquina me obligará a dejarlo todo”.
De bestiis”, de Manuel Marín Oconitrillo establece, desde ahora, una ruptura con el tradicional modo de narrar en Guanacaste. Su acentos son universales, sus indagaciones nos acercan a modos expresivos en el discurso y anuncian un corte vertical de lo escrito en Guanacaste hasta hoy. Con esta novela y los cuentarios “Cerrando el círculo” y “Fábula de los oráculos”, Manuel refresca y renueva los ejes temáticos tradicionales de nuestros acentos y acervos narrativos. Este acercamiento libre es solo una aproximación a su perfil en el arte de narrar, en consonancia con el caudal de nuestros tiempos y donde conjuga los espacios que no se pueden obviar: los de una aldea global que nos conmina a ser o a desaparecer, en una dialéctica de la sobrevivencia. La apuesta de Manuel Marín es por la causa del espíritu, no por la materialización desaforada, evidente y triste señal del siglo XXI.

Miguel Fajardo (1956) es Licenciado en Filología, escritor, Académico de la Universidad Nacional, Costa Rica y Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural de Costa Rica.
miguelfajardokorea@hotmail.com

No hay comentarios: