"De bestiis" tiene nueva casa. Se trata de la Editorial Sapere Aude.
http://editorialsapereaude.com/libro/de-bestiis_79775/
DE BESTIIS
miércoles, 21 de marzo de 2018
SINOPSIS DE LA NOVELA
DE BESTIIS
El capitán de policía, Alexander Suárez, abrumado por el tedio de su rutina, recibe inesperadamente la traducción de unos cuadernillos que había recogido en secreto hacía seis meses, durante la inspección de la misteriosa muerte de Wolfgang Ungeheuer. Esto le provoca un repentino vuelco emocional y le hace recordar al extraño personaje, que conociera veinte años atrás. Paralelamente, está pronto casarse, en medio de lo que sospecha será la prolongación de una existencia para él carente de estímulos. Sus deseos hedonistas se han incrementando hasta un punto en el que ya no soporta mantenerlos reprimidos. Se enfrentará así a su demonio interno, que lo lleva hacia pensamientos criminales.
El capitán de policía, Alexander Suárez, abrumado por el tedio de su rutina, recibe inesperadamente la traducción de unos cuadernillos que había recogido en secreto hacía seis meses, durante la inspección de la misteriosa muerte de Wolfgang Ungeheuer. Esto le provoca un repentino vuelco emocional y le hace recordar al extraño personaje, que conociera veinte años atrás. Paralelamente, está pronto casarse, en medio de lo que sospecha será la prolongación de una existencia para él carente de estímulos. Sus deseos hedonistas se han incrementando hasta un punto en el que ya no soporta mantenerlos reprimidos. Se enfrentará así a su demonio interno, que lo lleva hacia pensamientos criminales.
LO QUE DICE LA CRÍTICA SOBRE EL AUTOR
LO QUE DICE LA CRÍTICA SOBRE EL AUTOR:
Es demasiado taladrante e intenso para muchos acomodos literarios con los que se encontrará de frente. Pero eso no será importante, porque será sólo anécdota.
LAUREANO ALBÁN
Una literatura impugnadora...
EMILIA MACAYA
Manuel Marín Oconitrillo establece, desde ahora, una ruptura con el tradicional modo de narrar...
MIGUEL FAJARDO
Desde su sangrante sinceridad, Manuel Marín nos abre una desmesurada ventana que da a sus adentros, a ese momento ambiguo y fantasmal del coito con la palabra.
MAURICIO VARGA
Es notable el afán de búsqueda formal y temática, más allá de una narración fácil y cómoda y de su correspondiente lectura. Marín obtiene así logros cualitativos destacables.
HERBERT ESPINOZA
He aquí la fibra humana, auténtica.
JULIETA DOBLES
jueves, 3 de enero de 2008
Crítica a "De bestiis" por Benedicto Víquez Guzmán
Crítica a "De bestiis", por Benedicto Víquez Guzmán
La novela De Bestiis está configurada bajo el paradigma polifónico. Se estructura en tres partes sin título.
En De Bestiis, los seres imaginarios, los incomprendidos y temidos personajes del bestiario, terminan coincidiendo en el espejo con nuestra imagen asombrada. Así el espacio de la novela se torna laberíntica.
Los críticos acostumbrados a encontrar parecidos e influencias recordarán a Borges y esto, a pesar de ser cierto, no agrega mucho a la creación literaria que el autor ofrece. Así se observan voces de personajes que desde un presente, propio de la enunciación, se crean, se delinean, se personalizan y como en un coro de contrastes y contrapuntos, descubren sus recuerdos, evocaciones, sus tiempos idos y se interiorizan en sus propios laberintos con el fin de reproducir sus imágenes virtuales, apenas sospechadas y escasamente vividas. Una voz se hace presente y evoca:
"Mi nombre es Wolfgang Ungeheuer, y dejo claro desde el principio, que le he sido fiel toda mi vida, y que quizá es lo único de lo que estoy orgulloso, si es que a mi edad eso tiene alguna importancia. Anoche, al mirarme al espejo, mi reflejo estaba ausente, era otro quien ocupaba mi sitio, alguien demasiado familiar y cuyo rostro juraría que no he olvidado, aunque no estoy seguro de que tuviera rostro, de que aquellos ojos que me miraban fueran en realidad ojos, tan brillantes, y que a pesar de ello, su luz fuese como la más honda negrura que jamás hubiera visto. Hace ya diez años que me he establecido aquí, y en mí eso es saber donde voy a morir, donde mis recuerdos soltarán el amasijo de ceniza que he sido y dejarán que se lo lleve el viento. Todo aquí es lentitud, igual que si el reino de la ceniza se extendiera por los campos, por todos los valles e inundara los ríos con su sabor amargo, e hiciera de los hombres que habitan sus confines criaturas adormecidas."
Y casi de seguido afirma:
"¡Qué viejo soy, polvo apenas sostenido por recuerdos! No quisiera recordar a veces, en verdad quisiera que en mi todo fuera olvido, que esta larga aventura fuese sólo un terrible sueño."
Y la casa se llenó de bestias, voces, sueños, recuerdos y cobró vida como se fuera un anticuario pero de seres vivos. Una especie de biblioteca vital con una ventana como único ojo que permitía a los habitantes otear el horizonte, contemplar el mundo exterior y armonizar esos dos mundos extraños que tanto impresionaban a sus moradores, perdidos en esos laberintos llenos de espejos.
"Aquella sería la primera bestia de su colección, la primera aberración de tantas que inundarían paulatinamente la biblioteca y luego la casa entera. "Parece que papá no respeta la memoria de nuestra madre y llena la casa de monstruos" solía decir Clara muy a menudo, hasta que ella misma empezó a sentir atracción por la horda de criaturas y fue perdiéndose en un mundo silencioso, apenas de vagos gruñidos y miradas vacías, como si ningún ser habitara ya su hermoso cuerpo, ahora semejante a la concha de un caracol olvidada a la vera del camino."
En el mundo exterior solo aparecen los lugares y las aventuras como vivencias intuidas, sufridas, más deseadas que experimentadas. Así se enlazan interioridad y exterioridad, coexisten, en espacios diferentes pero experimentados:
"Para los que huyen, sólo hay dos caminos hacia la libertad: la locura o la muerte."
Dicho por el personaje cuando de Venecia y las lujuriosas noches con Lilith y la impotencia en los deseos de poseer a Margot, se dirige a África. No solo las imágenes permiten cotejar este dualismo sino hasta los espacios y el tiempo.
Así los personajes recorren sus propios laberintos en el mismo laberinto interior y desde su espacio monótono, rutinario y hasta asfixiante como trascurren los días en la oficina, en la biblioteca se abre el ojo-ventana y les permite salir, escapar y visitar no solo países lejanos sino las mismas casas conocidas como la de su prometida, en el caso de Alexánder, y encontrarse con otros personajes ya desaparecidos como don Tobías que evoca otras dimensiones más cercanas a las pesadillas.
Así abre ese mundo que la semióloga Kristeva llamaba carnavalístico, Menipea y que yo he codificado como polifónico y cercano a la sinfonía. Y el espejo se convierte en su mejor aliado.
Dos mundos llenos de monstruos, uno interior y otro exterior. Este último más conocido, frecuentado y visible. Así Wolfgang no los colecciona porque estos habitan con nosotros en las ciudades y deambulan entre las multitudes y llegan a los bares y cafés de moda. Viven en los espejos porque en definitiva estos monstruos habitan en nosotros, somos nosotros mismos.
Entonces la búsqueda de Wolfgang es contraria a la de su padre. Éste colecciona seres monstruosos reales como el perro de dos cabezas para evadir la monstruosidad que se insinúa en el espejo.
Alexander Suárez, que se puede tipificar como personaje corriente y poco llamativo, descubre en él la señal de la bestia maldita. Lo intuía, lo atisbaba, lo presentía hasta en sus sueños. Las claves de ese laberinto llegaban en todo lo que miraba con relación a este personaje, pero huyó, quizás por temor de penetrar en esas puertas que lo tentaban y así traspasar ese umbral del que no se puede regresar. Hasta que leyó el diario.
En la tercera parte de la novela se abre la noche de la iluminación. Todas las dudas se han despejado, no así en el mundo exterior, como sí lo fue en el mundo interior de Alexander.
Y la novela cierra con una perturbadora afirmación: vivimos un mundo interior y exterior lleno de monstruos, de bestias, e irremediablemente debemos enfrentarlo, pues solo éste existe y, por desgracia y aunque quisiéramos soslayarlo, esa es la naturaleza humana.
“http://heredia-costarica.zonalibre.org/archives/2009/09/manuel-marain-oconitrillo.html">
Introducción a la novela De bestiis, de Manuel Marín Oconitrillo
Los confines de De Bestiis
Mauricio Vargas Ortega. Discurso de presentación de la novela De bestiis, Santa Ana, Costa Rica. 19 de Julio del 2007.
En el prólogo de su bestiario, titulado El libro de los seres imaginarios, Jorge Luis Borges afirma: “El nombre de este libro justificaría la inclusión del príncipe Hamlet, del punto, de la línea, de la superficie, del hipercubo, de todas las formas genéricas y, tal vez, de cada uno de nosotros y de la divinidad. En suma, casi del universo.”(Borges, 2005: 7)
En De bestiis, la primera novela del escritor costarricense Manuel Marín Oconitrillo, los seres imaginarios, los incomprendidos y temidos personajes del bestiario, terminan coincidiendo en el espejo con nuestra imagen asombrada.
Desde siempre los seres humanos hemos tenido la necesidad de poblar con monstruos un universo que tiene tanto de laberíntico como de absurdo para nuestro limitado entendimiento. La mitología griega nos cuenta como el rey Minos mandó construir el laberinto de Creta para encerrar en él al aberrante hijo de su esposa Pasifae. Dos monstruosidades hicieron famosos al rey y a su reino: el Minotauro, mitad hombre y mitad toro y el laberinto, espacio planeado para la locura y la muerte. ¿Por qué el rey construye el laberinto? Me aventuro a creer que la creación de un espacio indescifrable, del cual no conocemos la salida; un espacio de infinitas repeticiones para la visión errante y cada vez más impaciente del que corre por sus galerías ensangrentadas; la certeza de que toda certeza humana es ahí inútil, pudieron colaborar con un espejismo que erigía el reino de Minos como un espacio coherente y seguro. Quizás necesitaba el rey sentir que por oposición habitaría él un mundo totalmente demarcado y cognoscible. La acción comprensible de encerrar a la bestia en este espacio de la desesperanza está ligado absolutamente con el espejismo antes presentido. Necesitamos aislar al monstruo, señalarlo, arrinconarlo en mazmorras, en castillos abandonados, en pantanos ignotos, para asegurarnos que esta bestia que frecuenta nuestras pesadillas no está esperándonos en el lago vertical de los espejos. De ahí quizás el miedo primordial a estas superficies que, como tantas veces escribió Borges, cometen la impiedad de reproducir, al igual que la paternidad, un universo falaz.
En la novela De bestiis, el capitán Alexander Suárez recorre su propio laberinto, que va más allá sin duda del espacio monótono y asfixiante de su cotidianidad: su oficina; la ventana, espacio metafísico por el que siempre busca escapar de la rutina, las miradas y el sueño; el parque, que como un paisaje de museo forma un todo con una serie de situaciones y seres infaltables; la casa de su prometida, donde la figura de don Tobías marca una de esas puerta que nos conectan a otras dimensiones, grieta para asomarnos y presentir apenas las sombras de todo aquello que pobló siempre nuestras pesadillas. Los escenarios del recuerdo, de los sueños y el deseo están muy bien definidos, apelando a un cosmopolitismo modernista que contrasta con la casi ausencia de referencias cotidianas del relato; podría ser casi cualquier lugar de Hispanoamérica, aunque en algún momento se menciona la Iglesia de la Agonía entonces la imagen de una Alajuela borrosa nos pasa por la mente, apenas un segundo engañoso para luego diluirse para siempre. Y es que los escenarios más importantes de esta novela son interiores, y ahí ya me detengo en una de las características de la narrativa de este escritor, que con cada entrega nos convence más de su dominio del universo psíquico de los personajes y la polisemia carnavalesca de sus situaciones.
Las divagatorias intervenciones del narrador logran describirnos finamente los espacios exteriores, pero siempre este relato está subordinado a los otros escenarios inmateriales: los recuerdos, los sueños, las alucinaciones, los fantasmas, los demonios que no dejan de debatirse en los cerebros de los personajes.
Como un hilo de Ariadna que se sigue por los oscuros pasadizos del laberinto, brillantes por la luna reflejada en la sangre que forma charcos por doquier, la figura de Wolfgang Ungeheuer representa ese monstruo mítico que parece estar atado al otro extremo de la cuerda que rodea la cintura insegura del capitán Alexánder Suárez.
Este austriaco centenario, nacido en Viena, es el detonante de una búsqueda interior por parte de Suárez. Su muerte, tan misteriosa como su vida, deja en la memoria del capitán Suárez una terrible mueca de horror, y en sus manos un diario escrito en alemán, que el jefe de policía hace traducir cuanto antes. La lectura del diario representa para nuestro personaje un viaje metafísico, muy similar al que emprenden los personajes de la película Ojos bien cerrados, última creación del gran director Stanley Cubrick.
Y es que en De bestiis el bestiario adquiere otro significado y toma otra dirección. Si los bestiarios conocidos se concentran en describir y materializar a estos seres extraordinarios fuera de toda humanidad, en la novela de Manuel Marín es justamente el alma humana el escenario en que estos monstruos se solidifican. La búsqueda de Wolfgang va en dirección contraria a la de su padre, que ante una ruptura irremediable de su alma, empieza a coleccionar seres monstruosos para evadir la monstruosidad que se insinúa en el espejo. Wolfgang no colecciona monstruos porque descubre que estos conviven con nosotros en las ciudades, que se mueven entre las multitudes y frecuentan cafés de moda. No hay que buscarlos en las alcantarillas, ni en los antiguos castillos medievales; viven en los espejos porque en definitiva estos monstruos habitan en nosotros, somos nosotros mismos.
Alexander Suárez, hombre común por excelencia, poco interesante y llamativo, descubre en él la marca de los malditos. Habitaba ya en sus sueños, lo presentía en otros rostros, en otros lugares. Las puertas del infierno se le insinuaban, pero él nunca tuvo antes el valor para abrirlas, para traspasar ese umbral del que no se puede regresar. Hasta que leyó el diario.
La tercera parte de la novela nos enfrenta con la noche de la iluminación. Todas las dudas se han despejado, si bien no en el mundo físico, sí en el mundo interior de Alexander: la decisión ha sido tomada y el desenlace es ahora inevitable.
En este viaje que realizamos como lectores tenemos que enfrentar una sensación no siempre agradable: sufrimos en carne propia la indecisión de los personajes o su incompleta vida. Muchos puertas quedan sin abrir, después de permitirnos escuchar interesantes sonidos y ecos reveladores; muchas historias quedan sin decir y muchos personajes salen de escena sin haber satisfecho nuestro morbo. La apabullante sinceridad de un texto que representa sin lugar a dudas un viaje también para el creador y sus fantasmas, sus monstruos dormidos y su avasallante deseo.
No sé como terminar este escrito. La razón es que versa sobre un texto que tampoco parece tener fin. Me quedo en sus líneas, vuelvo a ellas con curiosidad y vértigo. Entonces regreso al inicio (como posiblemente deba hacerse en los laberintos) y recuerdo a Jorge Luis Borges: “Un libro de esta índole es necesariamente incompleto; cada nueva edición es el núcleo de ediciones futuras, que pueden multiplicarse hasta el infinito.” (Borges, 2005: 7)
Mauricio Vargas Ortega es Máster en Literatura Hispanoamericana y poeta costarricense. Ha sido galardonado con el premio Joven Creación, 1993.
Mauricio Vargas Ortega. Discurso de presentación de la novela De bestiis, Santa Ana, Costa Rica. 19 de Julio del 2007.
En el prólogo de su bestiario, titulado El libro de los seres imaginarios, Jorge Luis Borges afirma: “El nombre de este libro justificaría la inclusión del príncipe Hamlet, del punto, de la línea, de la superficie, del hipercubo, de todas las formas genéricas y, tal vez, de cada uno de nosotros y de la divinidad. En suma, casi del universo.”(Borges, 2005: 7)
En De bestiis, la primera novela del escritor costarricense Manuel Marín Oconitrillo, los seres imaginarios, los incomprendidos y temidos personajes del bestiario, terminan coincidiendo en el espejo con nuestra imagen asombrada.
Desde siempre los seres humanos hemos tenido la necesidad de poblar con monstruos un universo que tiene tanto de laberíntico como de absurdo para nuestro limitado entendimiento. La mitología griega nos cuenta como el rey Minos mandó construir el laberinto de Creta para encerrar en él al aberrante hijo de su esposa Pasifae. Dos monstruosidades hicieron famosos al rey y a su reino: el Minotauro, mitad hombre y mitad toro y el laberinto, espacio planeado para la locura y la muerte. ¿Por qué el rey construye el laberinto? Me aventuro a creer que la creación de un espacio indescifrable, del cual no conocemos la salida; un espacio de infinitas repeticiones para la visión errante y cada vez más impaciente del que corre por sus galerías ensangrentadas; la certeza de que toda certeza humana es ahí inútil, pudieron colaborar con un espejismo que erigía el reino de Minos como un espacio coherente y seguro. Quizás necesitaba el rey sentir que por oposición habitaría él un mundo totalmente demarcado y cognoscible. La acción comprensible de encerrar a la bestia en este espacio de la desesperanza está ligado absolutamente con el espejismo antes presentido. Necesitamos aislar al monstruo, señalarlo, arrinconarlo en mazmorras, en castillos abandonados, en pantanos ignotos, para asegurarnos que esta bestia que frecuenta nuestras pesadillas no está esperándonos en el lago vertical de los espejos. De ahí quizás el miedo primordial a estas superficies que, como tantas veces escribió Borges, cometen la impiedad de reproducir, al igual que la paternidad, un universo falaz.
En la novela De bestiis, el capitán Alexander Suárez recorre su propio laberinto, que va más allá sin duda del espacio monótono y asfixiante de su cotidianidad: su oficina; la ventana, espacio metafísico por el que siempre busca escapar de la rutina, las miradas y el sueño; el parque, que como un paisaje de museo forma un todo con una serie de situaciones y seres infaltables; la casa de su prometida, donde la figura de don Tobías marca una de esas puerta que nos conectan a otras dimensiones, grieta para asomarnos y presentir apenas las sombras de todo aquello que pobló siempre nuestras pesadillas. Los escenarios del recuerdo, de los sueños y el deseo están muy bien definidos, apelando a un cosmopolitismo modernista que contrasta con la casi ausencia de referencias cotidianas del relato; podría ser casi cualquier lugar de Hispanoamérica, aunque en algún momento se menciona la Iglesia de la Agonía entonces la imagen de una Alajuela borrosa nos pasa por la mente, apenas un segundo engañoso para luego diluirse para siempre. Y es que los escenarios más importantes de esta novela son interiores, y ahí ya me detengo en una de las características de la narrativa de este escritor, que con cada entrega nos convence más de su dominio del universo psíquico de los personajes y la polisemia carnavalesca de sus situaciones.
Las divagatorias intervenciones del narrador logran describirnos finamente los espacios exteriores, pero siempre este relato está subordinado a los otros escenarios inmateriales: los recuerdos, los sueños, las alucinaciones, los fantasmas, los demonios que no dejan de debatirse en los cerebros de los personajes.
Como un hilo de Ariadna que se sigue por los oscuros pasadizos del laberinto, brillantes por la luna reflejada en la sangre que forma charcos por doquier, la figura de Wolfgang Ungeheuer representa ese monstruo mítico que parece estar atado al otro extremo de la cuerda que rodea la cintura insegura del capitán Alexánder Suárez.
Este austriaco centenario, nacido en Viena, es el detonante de una búsqueda interior por parte de Suárez. Su muerte, tan misteriosa como su vida, deja en la memoria del capitán Suárez una terrible mueca de horror, y en sus manos un diario escrito en alemán, que el jefe de policía hace traducir cuanto antes. La lectura del diario representa para nuestro personaje un viaje metafísico, muy similar al que emprenden los personajes de la película Ojos bien cerrados, última creación del gran director Stanley Cubrick.
Y es que en De bestiis el bestiario adquiere otro significado y toma otra dirección. Si los bestiarios conocidos se concentran en describir y materializar a estos seres extraordinarios fuera de toda humanidad, en la novela de Manuel Marín es justamente el alma humana el escenario en que estos monstruos se solidifican. La búsqueda de Wolfgang va en dirección contraria a la de su padre, que ante una ruptura irremediable de su alma, empieza a coleccionar seres monstruosos para evadir la monstruosidad que se insinúa en el espejo. Wolfgang no colecciona monstruos porque descubre que estos conviven con nosotros en las ciudades, que se mueven entre las multitudes y frecuentan cafés de moda. No hay que buscarlos en las alcantarillas, ni en los antiguos castillos medievales; viven en los espejos porque en definitiva estos monstruos habitan en nosotros, somos nosotros mismos.
Alexander Suárez, hombre común por excelencia, poco interesante y llamativo, descubre en él la marca de los malditos. Habitaba ya en sus sueños, lo presentía en otros rostros, en otros lugares. Las puertas del infierno se le insinuaban, pero él nunca tuvo antes el valor para abrirlas, para traspasar ese umbral del que no se puede regresar. Hasta que leyó el diario.
La tercera parte de la novela nos enfrenta con la noche de la iluminación. Todas las dudas se han despejado, si bien no en el mundo físico, sí en el mundo interior de Alexander: la decisión ha sido tomada y el desenlace es ahora inevitable.
En este viaje que realizamos como lectores tenemos que enfrentar una sensación no siempre agradable: sufrimos en carne propia la indecisión de los personajes o su incompleta vida. Muchos puertas quedan sin abrir, después de permitirnos escuchar interesantes sonidos y ecos reveladores; muchas historias quedan sin decir y muchos personajes salen de escena sin haber satisfecho nuestro morbo. La apabullante sinceridad de un texto que representa sin lugar a dudas un viaje también para el creador y sus fantasmas, sus monstruos dormidos y su avasallante deseo.
No sé como terminar este escrito. La razón es que versa sobre un texto que tampoco parece tener fin. Me quedo en sus líneas, vuelvo a ellas con curiosidad y vértigo. Entonces regreso al inicio (como posiblemente deba hacerse en los laberintos) y recuerdo a Jorge Luis Borges: “Un libro de esta índole es necesariamente incompleto; cada nueva edición es el núcleo de ediciones futuras, que pueden multiplicarse hasta el infinito.” (Borges, 2005: 7)
Mauricio Vargas Ortega es Máster en Literatura Hispanoamericana y poeta costarricense. Ha sido galardonado con el premio Joven Creación, 1993.
Ensayo crítico a la novela De bestiis
“De bestiis”, acercamientos a la narrativa de Manuel Marín Oconitrillo.
Miguel Fajardo Corea. Revista Anexión, Año 15, № 169. Junio-Julio 2007.
La presencia literaria de Manuel Marín Oconitrillo (Guanacaste, Costa Rica, 1970) inicia con su cuentario “Cerrando el círculo”, publicado por la Biblioteca Líneas Grises, en 1992, con nota en la contracubierta de Laureano Albán; hoy, Premio Magón de Costa Rica.
Ahora, suma dos nuevas obras al cuerpo narrativo costarricense: “Confabulaciones”, antología narrativa doble, que incluye “Cerrando círculo”, versión corregida y “Fábula de los oráculos”, así como su intensa novela “De bestiis”. Las tres obras han sido editadas por Lulú.com
Manuel Marín Oconitrillo es un notable artista guanacasteco. Nació en Cañas y tiene un respetable perfil de proyección internacional. Reside en Alemania, desde donde trabaja como tenor. Su repertorio incluye conciertos y oratorios. Maneja diversos contratos operísticos y ha realizado grabaciones; igualmente, ha participado en festivales y concursos en diversas partes del mundo. Esta faceta artística de Manuel debe ser mayormente difundida en nuestro país, reacio a la difusión cultural de calidad.
Marín, Manuel “De bestiis” (Lulú.com 2007:142), contiene portada del argentino Guillermo Malfitami. La novela se encuentra dividida en tres partes y diecinueve capítulos. Esta obra nos introduce en el mundo narrativo del género policial, novedoso tratamiento que irrumpe en la literatura guanacasteca. En dicho género literario converge la historia del crimen que no se expone y la historia de la encuesta, que da inicio con el crimen y se apropia de la narración. Es decir, el interés de este género se orienta a descubrir el cómo. Asimismo, posee un carácter cerrado, la presencia de dos historias, un espacio con límites y su índole intelectual. Sus enigmas pueden ser de identidad (quién); modus (cómo); locus (dónde) o motivación (por qué).
El relato policial se orienta a lo esquemático. Existe un problema y el protagonista le debe dar solución. Este relato se llena de misterio, con nombres desdoblados, con enigmas aparentemente incomprensibles e inexplicables y cuya solución implica descubrimientos, identidades, hechos, métodos, móviles.
La novela es una especie de “dossier” (archivo), donde menciona, desde el punto de hablada del protagónico capitán de policía, Alexander Suárez y el espacio topológico “La casa del paraíso”, toda una serie de hechos y situaciones límite que nos van atrapando conforme avanza el magisterio narrativo.
La novela deja leer los rasgos caracterizadores de la narración en suspenso, donde es clave la segunda parte discursiva, un diario de Wolfgang Ungeheuer. El sistema recolectivo expuesto por Robert Mainz, el traductor, es una pista categórica. Para él, dicho diario es “Abominable (…) absolutamente enfermizo” (p. 10).
La obra de Manuel Marín juega con el tiempo y sus fantasmas, con sus marcas deícticas, donde los racontos, la memoria y las proyecciones establecen la fuerza dicotómica espejo/imagen de la juventud, igual sucede con ilusión/deseo. Hay referencias a dos décadas, seis meses, ahora, hoy, ayer, mañana. Asimismo, a códigos indiciales como la fortuna, los desdoblamientos, las transfiguraciones, las licantropías, lasa bestias y diversas estrategias que operan como ejes procesuales de la narración indagatoria.
La novela accede al recordar selectivo como una licencia discursiva desde donde aborda los nudos del misterio, el sueño, los ocultamientos. Incorpora, por lo demás, fechacientes marcas geográficas de diferentes espacios geográficos de la aldea global. La incursión se expande como un registro de hechos históricos y su inherente galería de nombres y personajes como Alberto de Prusia o Agnes Catalina.
El texto del narrador costarricense fija un registro nominal extensivo, a saber: Marielos, Lorenza, Jairo, Tobías, Rosa María, Carmen, Clara, Léhar, Margot, Lilita, Maurizio Maglioni, Frau, Dimitri, Madden o Rebeca, entre otros. Cada uno de esos nombres encara una historia particular dentro del corpus narrativo que, perfectamente, aceptaría la estrategia discursiva de su recomposición.
De bestiis, de Manuel Marín, escarcea en relación con la tríada deseo/poder/vida y señala líneas discursivas rotundas: “el poder de ser, de vivir más que existir (…) El deseo es el poder puro” (p.40).
La novela en comentario configura ejes bisémicos: yo/otro, en un proceso de búsqueda identitataria “al mirarme al espejo, mi reflejo estaba ausente, era otro quien ocupaba mi sitio” (p.44).
El simbolismo del aniquilamiento anticipa desenlaces “es posible que durante la vida miremos reiteradamente el brillo de la hoz que segará nuestra permanencia sobre la tierra” (p.46). En el orbe onírico es dable la marca de las anticipaciones actanciales.
La novela de Manuel Marín se aproxima al tratamiento de significación intertextual que aborda el verosímil fantástico de la novela “El perfume” (1949), de Patrick Suskind. El narrador guanacasteco endiña:” un único vestido de seda, aquel aroma, aquella reminiscencia de flores” (p.47). En la novela de Suskind, un ser humano sin olor desafía, altera su propia realidad. Incorpora, además, alguna marca fetichista. Sin duda, millones de seres asumen esos comportamientos humanos dentro de sus prácticas culturales.
El título de la novela aborda el tópico del bestiario. A Hugo San Víctor se le atribuye el tratado medieval “De bestiis et aliis rebus”. Algunos tratadistas propugnan que la contemplación y el conocimiento de la naturaleza humana es un medio de reconocimiento a Dios, ya que, como Creador del Universo, deja su huella en él. Para otros es visto como un tratado más específico acerca del simbolismo atribuido a ciertos animales, en el cual, cada elemento de la Creación, encarnaba determinado vicio o virtud. El pintor mexicano Alejandro Rodríguez León (1961) denomina uno de sus famosos cuadros con igual nombre que el tratado de Hugo San Víctor.
Sobre esa base, hay aperturas sobre dichos nudos de significación, los cuales adquieren connotaciones de amplio espectro semántico, toda vez que la literatura actual sostiene registros de discurso plurisignificativo.
En la novela “De bestiis”, se hace alusión a la cacería de mantícoras. A propósito de esa bestia, originaria de la India, es descrita de diversas maneras, como que tiene una triple fila de dientes, los cuales alternan entre sí: rostro de hombre, con ojos relucientes e inyectados en sangre, cuerpo de león; la cola, como el dardo de un escorpión, y una voz chillona, tan sibilante que evoca las notas de una flauta. Es ávida de carne humana. Sus patas son tan fuertes, sus saltos tan potentes, que ni el espacio más extenso, ni el obstáculo más elevado puede detenerla (Cambridge, 51-52).
Para otros, la mantícora tiene ojos de cabra y cuerpo de león, cola de escorpión y voz de serpiente que, mediante su dulce canto, atrae a las gentes y las devora (Image, 113).
Su cola es como la de un escorpión salvaje, con un aguijón y hiere con púas duras, como un puerco espín. Plinio dice que tiene la voz sonora como la voz humana y si éste toca la flauta y la trompa, parece que la voz de esta fiera se armoniza con la trompa, con su ritmo y melodía (Trevisa II, 1099-1100. XVIII: 1).
Dicha bestia hiere a sus perseguidores, vengan por delante o por detrás, y cuando ha disparado sus púas, otras nuevas nacen en su lugar, derrotando así a todos los cazadores (Tonsell I, 343-345).
Cornelio Léhar le regala al protagonista el Nuzhat-l-qu-lub, un libro clave donde se le daba vida a lo inanimado, en el cual “las criaturas de la biblioteca recobraban la vida” (p.50). “Para entonces, Clara, mi dulce Clara, era un espectro bulímico que deambulaba (…) y entre gemidos guturales parecía comunicarse con las bestias” (p. 49).
La decisiva presencia de Margarita Steinhaus, matrona excéntrica de doble voz, como niña y anciana, pues sonaba en las conversaciones cotidianas como si estuviese en el fondo de una caverna.
Hay numerosas referencias a la bestia interior, la cual se llena de mapas semánticos lujuriosos y depredadores. Se habla de la fauna humana y se contrapone una tesis: “para los que huyen, sólo hay dos caminos hacia la libertad: la locura o la muerte” (p. 50). “Todos azules”, se dijo, viendo lo que parecía un pequeño mundo de gnomos, criaturas extrañas, bestias malignas luchando entre sí en el particular ritual de sus pequeñas vidas” (p.97).
El último adjetivo del siguiente párrafo establece una referencialidad con el proceso conductual de animalización, que se ha seguido desde las sociedades primitivas hasta el siglo XXI, en una faceta de ironización, pero no exenta de realidades y prácticas culturales: “cuando la veo siento que me deshago, que hiervo en un frenético deseos de poseerla, de hundirme en ella, de hacer que grite, que luche de pánico y caiga exhausto, sudorosa, Liviana, mansa” (pp.70-71).
El texto muestra una suplantación de la imagen humana: “Había una criatura inverosímil. Su cuerpo en general era humano (…) Sus piernas terminaban en dos cabezas en vez de pies. Una de ellas tenía poco y era muy similar a la de una extraña ave de plumas doradas. La otra, era una cabeza de siervo, de pelaje azul y ojos amarillos. ¡Esa era la criatura que ahora había suplantado mi propia imagen! (pp. 60-61). Es decir, se presenta la suplantación de la imagen humana. Ese tipo de narración es ruptura total en la joven narrativa guanacasteca. Para mí: Hugo Rivas (+), Otto Apuy, Ulises Jiménez, Santiago Porras y Manuel Marín establecen cortes verticales en el quehacer narrativo guanacasteco del último cuarto de siglo. Habrá que agregar otros nombres, que aún vienen con fuerza expansiva, en busca de su espacio expresivo.
La figura de Lao-Tse-Tang, conocido como Lai Tang es misteriosa: “una criatura de la oscuridad, inmune a la luz”. El secreto del vigor y de su longevidad es la raíz milenaria denominada ginseng, que “Puede levantar a un moribundo de la cama y reanimarlo en pocos días” (p.74). La pluralidad de personajes planos ayudan a configurar una especie de fresco actancial, con nombres extraños, de diversas procedencias, por ello, se ofrece una galería geográfica, que permite visualizar otros espacios y ventanas culturales, como parte de la aldea global en la que nos encontramos inmersos.
“De bestiis” se incorpora a nuestra narrativa como una obra holista, desde donde se propugna el esbozo de trazos discursivos y se formula ciertas tesis, entre ellas “la libertad que sólo tiene quien no juzga, quien no condena guiado por prejuicios y colocándose delante de ellos, es capaz de ver la totalidad unificada verdaderamente” (p.75).
En esta pieza narrativa costarricense, Wolfgang es, para el capitán Alexander Suárez, “el mayor enigma de su vida” (p.81), “una especie de bestia que parecía perseguirlo” (p.83). Alexander Suárez asume, además, el nombre de Augusto Lépiz, identidad a la cual debe amoldarse, porque dicho apelativo ahonda su desarraigo y suspenso “Después de todo, ¿no soy Augusto Lépiz, una sombra en el mundo de los vivos? (p.90). Ese acento expresivo es el no ser, una lucha identitataria entre el ser y el reconocer.
La novela mantiene el suspenso, la incertidumbre, la inquietud del reconocimiento, de la sospecha, la duda, la confirmación “Porque, quién sabe en verdad, el pasado de alguien, la oscuridad de sus hechos” (p.97).
La figura de Clea simboliza la de los seres autoenclaustrados, extraños en su propio mundo “Unos meses después la encontraron muerta, envenenada con insecticida” (p.100). “La verdad es que estamos podridos. ¡Todo hiede a mortandad, caminamos sobre lo apestoso” (p.101) y ese enunciado nos aproxima al intertexto shakesperiano. Seguidamente establece una seriación animal “¿Era el lobo, muchacho? No sé por qué tengo la idea de que era el león… Y la oveja, esa sí, con seguridad no era la cabra” (p. 101).
Marín Oconitrillo establece una coyuntura, una apuesta a favor del factor humanidad “Pero ahora…piensen qué quiere decir tibio, fronterizo, pero no simplemente intermedio, sino un estado real, neutro” (p. 119). Se infiere, entonces, que es posible la neutralidad dentro del quehacer humano. Dicho estado signa, según el narrador, “la verdadera naturaleza perfecta” (p. 120), toda vez que no habría prejuicios y únicamente nos preocuparíamos por la sobrevivencia.
Se enfatiza que “Un estado semejante representa el mayor poder sobre uno mismo, acaso lo único que se nos ha dado” (p.121). Por ello, el valor de lo neutro opera como una alternativa de vida o convivencia en la especie: ¿Habría que verlo, entonces?
La trama de esta novela oscila entre el enigma del sufrimiento y la verdad; entre el misterio y las tesis discursivas “Wolfgang vino a mí de entre las ánimas y me dijo “fue allí que empezó el sufrimiento, el peor tormento de mi vida, lo más horrible; y ya no había retorno” (p.123).
Las transfiguraciones y licantropías enuncian un nuevo registro en el arte de narrar desde Guanacaste, a partir del corte vertical con las aportaciones de Manuel Marín Oconitrillo “el viejo se transfiguró en un hombre más joven y vigoroso y de nuevo, ya más cerca, lo que vio fue una mujer, morena, vestida con túnica y turbante, de ojos como rubíes. Más luego (…) la mujer se detuvo transfigurándose en una serpiente (…) el ciego quiso matarla estripándole la cabezas, pero al pisarla, bajo su pie solo había arena” (p.130).
El tópico del otro en mí aparece en la culpable figura de Alexander, quien “repitió, forzando su imaginación y su memoria para hacer surgir de entre las sombras el rostro de Wolfgang, tal como si fuere el suyo” (p.140).
El final de la novela resulta otro enigma “¡Augusto! –exclamó ella, pero a Alexander aquello no le evocaba nada. Acto seguido hizo fuego. Luego caminó hacia la ventana fascinado por el vacío del cielo que ahora era más alucinante, más profundamente poseído por la quietud y la noche.
En síntesis, “De bestiis”, novela de edición europea de Manuel Marín Oconitrillo, el escritor guanacasteco, oriundo de Cañas, significa un grato hallazgo entre mis lecturas anuales. Como afirma Mauricio Vargas Ortega, en el prólogo al cuentario “Cerrando el círculo”: “ Sé que una fiera en alguna esquina me obligará a dejarlo todo”.
De bestiis”, de Manuel Marín Oconitrillo establece, desde ahora, una ruptura con el tradicional modo de narrar en Guanacaste. Su acentos son universales, sus indagaciones nos acercan a modos expresivos en el discurso y anuncian un corte vertical de lo escrito en Guanacaste hasta hoy. Con esta novela y los cuentarios “Cerrando el círculo” y “Fábula de los oráculos”, Manuel refresca y renueva los ejes temáticos tradicionales de nuestros acentos y acervos narrativos. Este acercamiento libre es solo una aproximación a su perfil en el arte de narrar, en consonancia con el caudal de nuestros tiempos y donde conjuga los espacios que no se pueden obviar: los de una aldea global que nos conmina a ser o a desaparecer, en una dialéctica de la sobrevivencia. La apuesta de Manuel Marín es por la causa del espíritu, no por la materialización desaforada, evidente y triste señal del siglo XXI.
Miguel Fajardo (1956) es Licenciado en Filología, escritor, Académico de la Universidad Nacional, Costa Rica y Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural de Costa Rica.
miguelfajardokorea@hotmail.com
Miguel Fajardo Corea. Revista Anexión, Año 15, № 169. Junio-Julio 2007.
La presencia literaria de Manuel Marín Oconitrillo (Guanacaste, Costa Rica, 1970) inicia con su cuentario “Cerrando el círculo”, publicado por la Biblioteca Líneas Grises, en 1992, con nota en la contracubierta de Laureano Albán; hoy, Premio Magón de Costa Rica.
Ahora, suma dos nuevas obras al cuerpo narrativo costarricense: “Confabulaciones”, antología narrativa doble, que incluye “Cerrando círculo”, versión corregida y “Fábula de los oráculos”, así como su intensa novela “De bestiis”. Las tres obras han sido editadas por Lulú.com
Manuel Marín Oconitrillo es un notable artista guanacasteco. Nació en Cañas y tiene un respetable perfil de proyección internacional. Reside en Alemania, desde donde trabaja como tenor. Su repertorio incluye conciertos y oratorios. Maneja diversos contratos operísticos y ha realizado grabaciones; igualmente, ha participado en festivales y concursos en diversas partes del mundo. Esta faceta artística de Manuel debe ser mayormente difundida en nuestro país, reacio a la difusión cultural de calidad.
Marín, Manuel “De bestiis” (Lulú.com 2007:142), contiene portada del argentino Guillermo Malfitami. La novela se encuentra dividida en tres partes y diecinueve capítulos. Esta obra nos introduce en el mundo narrativo del género policial, novedoso tratamiento que irrumpe en la literatura guanacasteca. En dicho género literario converge la historia del crimen que no se expone y la historia de la encuesta, que da inicio con el crimen y se apropia de la narración. Es decir, el interés de este género se orienta a descubrir el cómo. Asimismo, posee un carácter cerrado, la presencia de dos historias, un espacio con límites y su índole intelectual. Sus enigmas pueden ser de identidad (quién); modus (cómo); locus (dónde) o motivación (por qué).
El relato policial se orienta a lo esquemático. Existe un problema y el protagonista le debe dar solución. Este relato se llena de misterio, con nombres desdoblados, con enigmas aparentemente incomprensibles e inexplicables y cuya solución implica descubrimientos, identidades, hechos, métodos, móviles.
La novela es una especie de “dossier” (archivo), donde menciona, desde el punto de hablada del protagónico capitán de policía, Alexander Suárez y el espacio topológico “La casa del paraíso”, toda una serie de hechos y situaciones límite que nos van atrapando conforme avanza el magisterio narrativo.
La novela deja leer los rasgos caracterizadores de la narración en suspenso, donde es clave la segunda parte discursiva, un diario de Wolfgang Ungeheuer. El sistema recolectivo expuesto por Robert Mainz, el traductor, es una pista categórica. Para él, dicho diario es “Abominable (…) absolutamente enfermizo” (p. 10).
La obra de Manuel Marín juega con el tiempo y sus fantasmas, con sus marcas deícticas, donde los racontos, la memoria y las proyecciones establecen la fuerza dicotómica espejo/imagen de la juventud, igual sucede con ilusión/deseo. Hay referencias a dos décadas, seis meses, ahora, hoy, ayer, mañana. Asimismo, a códigos indiciales como la fortuna, los desdoblamientos, las transfiguraciones, las licantropías, lasa bestias y diversas estrategias que operan como ejes procesuales de la narración indagatoria.
La novela accede al recordar selectivo como una licencia discursiva desde donde aborda los nudos del misterio, el sueño, los ocultamientos. Incorpora, por lo demás, fechacientes marcas geográficas de diferentes espacios geográficos de la aldea global. La incursión se expande como un registro de hechos históricos y su inherente galería de nombres y personajes como Alberto de Prusia o Agnes Catalina.
El texto del narrador costarricense fija un registro nominal extensivo, a saber: Marielos, Lorenza, Jairo, Tobías, Rosa María, Carmen, Clara, Léhar, Margot, Lilita, Maurizio Maglioni, Frau, Dimitri, Madden o Rebeca, entre otros. Cada uno de esos nombres encara una historia particular dentro del corpus narrativo que, perfectamente, aceptaría la estrategia discursiva de su recomposición.
De bestiis, de Manuel Marín, escarcea en relación con la tríada deseo/poder/vida y señala líneas discursivas rotundas: “el poder de ser, de vivir más que existir (…) El deseo es el poder puro” (p.40).
La novela en comentario configura ejes bisémicos: yo/otro, en un proceso de búsqueda identitataria “al mirarme al espejo, mi reflejo estaba ausente, era otro quien ocupaba mi sitio” (p.44).
El simbolismo del aniquilamiento anticipa desenlaces “es posible que durante la vida miremos reiteradamente el brillo de la hoz que segará nuestra permanencia sobre la tierra” (p.46). En el orbe onírico es dable la marca de las anticipaciones actanciales.
La novela de Manuel Marín se aproxima al tratamiento de significación intertextual que aborda el verosímil fantástico de la novela “El perfume” (1949), de Patrick Suskind. El narrador guanacasteco endiña:” un único vestido de seda, aquel aroma, aquella reminiscencia de flores” (p.47). En la novela de Suskind, un ser humano sin olor desafía, altera su propia realidad. Incorpora, además, alguna marca fetichista. Sin duda, millones de seres asumen esos comportamientos humanos dentro de sus prácticas culturales.
El título de la novela aborda el tópico del bestiario. A Hugo San Víctor se le atribuye el tratado medieval “De bestiis et aliis rebus”. Algunos tratadistas propugnan que la contemplación y el conocimiento de la naturaleza humana es un medio de reconocimiento a Dios, ya que, como Creador del Universo, deja su huella en él. Para otros es visto como un tratado más específico acerca del simbolismo atribuido a ciertos animales, en el cual, cada elemento de la Creación, encarnaba determinado vicio o virtud. El pintor mexicano Alejandro Rodríguez León (1961) denomina uno de sus famosos cuadros con igual nombre que el tratado de Hugo San Víctor.
Sobre esa base, hay aperturas sobre dichos nudos de significación, los cuales adquieren connotaciones de amplio espectro semántico, toda vez que la literatura actual sostiene registros de discurso plurisignificativo.
En la novela “De bestiis”, se hace alusión a la cacería de mantícoras. A propósito de esa bestia, originaria de la India, es descrita de diversas maneras, como que tiene una triple fila de dientes, los cuales alternan entre sí: rostro de hombre, con ojos relucientes e inyectados en sangre, cuerpo de león; la cola, como el dardo de un escorpión, y una voz chillona, tan sibilante que evoca las notas de una flauta. Es ávida de carne humana. Sus patas son tan fuertes, sus saltos tan potentes, que ni el espacio más extenso, ni el obstáculo más elevado puede detenerla (Cambridge, 51-52).
Para otros, la mantícora tiene ojos de cabra y cuerpo de león, cola de escorpión y voz de serpiente que, mediante su dulce canto, atrae a las gentes y las devora (Image, 113).
Su cola es como la de un escorpión salvaje, con un aguijón y hiere con púas duras, como un puerco espín. Plinio dice que tiene la voz sonora como la voz humana y si éste toca la flauta y la trompa, parece que la voz de esta fiera se armoniza con la trompa, con su ritmo y melodía (Trevisa II, 1099-1100. XVIII: 1).
Dicha bestia hiere a sus perseguidores, vengan por delante o por detrás, y cuando ha disparado sus púas, otras nuevas nacen en su lugar, derrotando así a todos los cazadores (Tonsell I, 343-345).
Cornelio Léhar le regala al protagonista el Nuzhat-l-qu-lub, un libro clave donde se le daba vida a lo inanimado, en el cual “las criaturas de la biblioteca recobraban la vida” (p.50). “Para entonces, Clara, mi dulce Clara, era un espectro bulímico que deambulaba (…) y entre gemidos guturales parecía comunicarse con las bestias” (p. 49).
La decisiva presencia de Margarita Steinhaus, matrona excéntrica de doble voz, como niña y anciana, pues sonaba en las conversaciones cotidianas como si estuviese en el fondo de una caverna.
Hay numerosas referencias a la bestia interior, la cual se llena de mapas semánticos lujuriosos y depredadores. Se habla de la fauna humana y se contrapone una tesis: “para los que huyen, sólo hay dos caminos hacia la libertad: la locura o la muerte” (p. 50). “Todos azules”, se dijo, viendo lo que parecía un pequeño mundo de gnomos, criaturas extrañas, bestias malignas luchando entre sí en el particular ritual de sus pequeñas vidas” (p.97).
El último adjetivo del siguiente párrafo establece una referencialidad con el proceso conductual de animalización, que se ha seguido desde las sociedades primitivas hasta el siglo XXI, en una faceta de ironización, pero no exenta de realidades y prácticas culturales: “cuando la veo siento que me deshago, que hiervo en un frenético deseos de poseerla, de hundirme en ella, de hacer que grite, que luche de pánico y caiga exhausto, sudorosa, Liviana, mansa” (pp.70-71).
El texto muestra una suplantación de la imagen humana: “Había una criatura inverosímil. Su cuerpo en general era humano (…) Sus piernas terminaban en dos cabezas en vez de pies. Una de ellas tenía poco y era muy similar a la de una extraña ave de plumas doradas. La otra, era una cabeza de siervo, de pelaje azul y ojos amarillos. ¡Esa era la criatura que ahora había suplantado mi propia imagen! (pp. 60-61). Es decir, se presenta la suplantación de la imagen humana. Ese tipo de narración es ruptura total en la joven narrativa guanacasteca. Para mí: Hugo Rivas (+), Otto Apuy, Ulises Jiménez, Santiago Porras y Manuel Marín establecen cortes verticales en el quehacer narrativo guanacasteco del último cuarto de siglo. Habrá que agregar otros nombres, que aún vienen con fuerza expansiva, en busca de su espacio expresivo.
La figura de Lao-Tse-Tang, conocido como Lai Tang es misteriosa: “una criatura de la oscuridad, inmune a la luz”. El secreto del vigor y de su longevidad es la raíz milenaria denominada ginseng, que “Puede levantar a un moribundo de la cama y reanimarlo en pocos días” (p.74). La pluralidad de personajes planos ayudan a configurar una especie de fresco actancial, con nombres extraños, de diversas procedencias, por ello, se ofrece una galería geográfica, que permite visualizar otros espacios y ventanas culturales, como parte de la aldea global en la que nos encontramos inmersos.
“De bestiis” se incorpora a nuestra narrativa como una obra holista, desde donde se propugna el esbozo de trazos discursivos y se formula ciertas tesis, entre ellas “la libertad que sólo tiene quien no juzga, quien no condena guiado por prejuicios y colocándose delante de ellos, es capaz de ver la totalidad unificada verdaderamente” (p.75).
En esta pieza narrativa costarricense, Wolfgang es, para el capitán Alexander Suárez, “el mayor enigma de su vida” (p.81), “una especie de bestia que parecía perseguirlo” (p.83). Alexander Suárez asume, además, el nombre de Augusto Lépiz, identidad a la cual debe amoldarse, porque dicho apelativo ahonda su desarraigo y suspenso “Después de todo, ¿no soy Augusto Lépiz, una sombra en el mundo de los vivos? (p.90). Ese acento expresivo es el no ser, una lucha identitataria entre el ser y el reconocer.
La novela mantiene el suspenso, la incertidumbre, la inquietud del reconocimiento, de la sospecha, la duda, la confirmación “Porque, quién sabe en verdad, el pasado de alguien, la oscuridad de sus hechos” (p.97).
La figura de Clea simboliza la de los seres autoenclaustrados, extraños en su propio mundo “Unos meses después la encontraron muerta, envenenada con insecticida” (p.100). “La verdad es que estamos podridos. ¡Todo hiede a mortandad, caminamos sobre lo apestoso” (p.101) y ese enunciado nos aproxima al intertexto shakesperiano. Seguidamente establece una seriación animal “¿Era el lobo, muchacho? No sé por qué tengo la idea de que era el león… Y la oveja, esa sí, con seguridad no era la cabra” (p. 101).
Marín Oconitrillo establece una coyuntura, una apuesta a favor del factor humanidad “Pero ahora…piensen qué quiere decir tibio, fronterizo, pero no simplemente intermedio, sino un estado real, neutro” (p. 119). Se infiere, entonces, que es posible la neutralidad dentro del quehacer humano. Dicho estado signa, según el narrador, “la verdadera naturaleza perfecta” (p. 120), toda vez que no habría prejuicios y únicamente nos preocuparíamos por la sobrevivencia.
Se enfatiza que “Un estado semejante representa el mayor poder sobre uno mismo, acaso lo único que se nos ha dado” (p.121). Por ello, el valor de lo neutro opera como una alternativa de vida o convivencia en la especie: ¿Habría que verlo, entonces?
La trama de esta novela oscila entre el enigma del sufrimiento y la verdad; entre el misterio y las tesis discursivas “Wolfgang vino a mí de entre las ánimas y me dijo “fue allí que empezó el sufrimiento, el peor tormento de mi vida, lo más horrible; y ya no había retorno” (p.123).
Las transfiguraciones y licantropías enuncian un nuevo registro en el arte de narrar desde Guanacaste, a partir del corte vertical con las aportaciones de Manuel Marín Oconitrillo “el viejo se transfiguró en un hombre más joven y vigoroso y de nuevo, ya más cerca, lo que vio fue una mujer, morena, vestida con túnica y turbante, de ojos como rubíes. Más luego (…) la mujer se detuvo transfigurándose en una serpiente (…) el ciego quiso matarla estripándole la cabezas, pero al pisarla, bajo su pie solo había arena” (p.130).
El tópico del otro en mí aparece en la culpable figura de Alexander, quien “repitió, forzando su imaginación y su memoria para hacer surgir de entre las sombras el rostro de Wolfgang, tal como si fuere el suyo” (p.140).
El final de la novela resulta otro enigma “¡Augusto! –exclamó ella, pero a Alexander aquello no le evocaba nada. Acto seguido hizo fuego. Luego caminó hacia la ventana fascinado por el vacío del cielo que ahora era más alucinante, más profundamente poseído por la quietud y la noche.
En síntesis, “De bestiis”, novela de edición europea de Manuel Marín Oconitrillo, el escritor guanacasteco, oriundo de Cañas, significa un grato hallazgo entre mis lecturas anuales. Como afirma Mauricio Vargas Ortega, en el prólogo al cuentario “Cerrando el círculo”: “ Sé que una fiera en alguna esquina me obligará a dejarlo todo”.
De bestiis”, de Manuel Marín Oconitrillo establece, desde ahora, una ruptura con el tradicional modo de narrar en Guanacaste. Su acentos son universales, sus indagaciones nos acercan a modos expresivos en el discurso y anuncian un corte vertical de lo escrito en Guanacaste hasta hoy. Con esta novela y los cuentarios “Cerrando el círculo” y “Fábula de los oráculos”, Manuel refresca y renueva los ejes temáticos tradicionales de nuestros acentos y acervos narrativos. Este acercamiento libre es solo una aproximación a su perfil en el arte de narrar, en consonancia con el caudal de nuestros tiempos y donde conjuga los espacios que no se pueden obviar: los de una aldea global que nos conmina a ser o a desaparecer, en una dialéctica de la sobrevivencia. La apuesta de Manuel Marín es por la causa del espíritu, no por la materialización desaforada, evidente y triste señal del siglo XXI.
Miguel Fajardo (1956) es Licenciado en Filología, escritor, Académico de la Universidad Nacional, Costa Rica y Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural de Costa Rica.
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